Hace ocho años que Sharon Zaga preside el Museo Memoria y Tolerancia, el cual recibe a más de 500,000 visitantes al año. Ocho de cada 10 son estudiantes y tres de esos 10 regresan.

Aun así, lo que falta por hacer en cuanto a concientización es titánico. “El conocimiento sobre la discriminación es muy pobre en México. Las mujeres seguimos siendo sujeto de discriminación laboral. Los adultos mayores siguen siendo excluidos. Hay una fuerte discriminación entre los mexicanos, incluso por el color de piel. Hay un gran clasismo. La discriminación es el cáncer de los mexicanos”.

En México, entre más oscuro es el tono de piel, las posibilidades de tener acceso a un mayor nivel educativo o a un empleo de alta sofisticación son menores. A esa conclusión llega un estudio hecho el año pasado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el cual aborda las características sociodemográficas de la población, con sus niveles educativos y laborales, a partir de su situación económica de origen, principalmente en lo relacionado con el color de piel.

“Las personas con tonos de piel más claras son jefes, directores o profesionistas mejor remunerados; mientras que las de piel más oscura son artesanos, operadores o asistentes”, dijo, en su momento, Julio Santaella, presidente de la junta directiva del Inegi.

Para Zaga, el mayor reto es dejar claro que el Museo Memoria y Tolerancia no es un museo: es un llamado a generar alguna acción. Es por eso que se creó MAS (Movimiento Acción Social), un proyecto que busca transformar la experiencia de la visita al recinto en una acción que beneficie a los demás y ayude a resolver las problemáticas del entorno.

Hoy participan, de manera voluntaria, más de 2,200 personas, en proyectos coordinados por 214 organizaciones de la sociedad civil relacionadas con salud, educación, pobreza, apoyo a víctimas de violencia, entorno y medio ambiente, tolerancia y cultura de paz.

En 2016, el Museo Memoria y Tolerancia recibió una Mención Honorífica del Premio Nacional de Derechos Humanos, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, y ha sido reconocido también por su arquitectura por el Consejo Iberoamericano de Diseñadores de Interiores.

El recinto se divide en salas relacionadas con Memoria, que documentan, en una exhibición permanente, los genocidios del siglo XX, a través de una selección que no pretende generar una jerarquización del mal, del sufrimiento de las víctimas ni de la gravedad del crimen, sino dimensionar los alcances de actos en contra de grupos específicos.

“Este museo no presenta un ángulo histórico; es, más bien, una muestra de la capacidad destructiva que tenemos como humanos. Lo que pensamos influye en lo que hacemos”, explica Sharon Zaga.

En otras salas se abordan los temas relacionados con Tolerancia. En esta sección, la exposición explica la importancia del diálogo y, en su recorrido, expone temas sobre discriminación, derechos humanos, el poder de los medios de comunicación, la riqueza de la diversidad, actos que inspiran…

“Los prejuicios no se eliminan: se controlan. La tolerancia ha tenido una connotación negativa porque [comúnmente] se relaciona con aguantar; sin embargo, es un valor muy importante; es reconocer que el otro tiene derecho a existir”.

El museo busca que los visitantes puedan apreciar la gran diversidad del país, haciendo especial referencia a los pueblos indígenas y a las migraciones, que han contribuido al enriquecimiento cultural. Esta sección termina con un listado de algunas de las violaciones a los derechos humanos que prevalecen en el país.

Mil metros de museo itinerante

Zaga explica que es importante considerar que las violaciones más graves en materia de respeto a los derechos humanos ocurren en los estados del país. Es por ello que ya se trabaja en un proyecto de Museo Móvil.

“Todavía estamos en conversaciones con gobiernos locales, para determinar cuáles podrían ser las primeras sedes. Hablamos de un esfuerzo considerable. Contamos con apoyo de la iniciativa privada y calculamos que la primera exposición pueda ocurrir en 2020”.

La idea es llevar una muestra museográfica de 1,000 metros cuadrados, que pueda transportarse e instalarse en ciudades para permanecer entre tres y cuatro meses.

Un aliado natural para este propósito será la tecnología, pues, hoy, 80% de las salas del Museo Memoria y Tolerancia son interactivas.

En ese sentido, Sharon Zaga considera que deberán ser cuidadosos acerca de cómo utilizar la tecnología, pues, en algunos casos, resulta un complemento ideal a las exposiciones, pero, en otros, disminuye el impacto humano de la experiencia.

Los temas de la muestra itinerante estarán relacionados con la actual selección de las secciones de Memoria y Tolerancia, aunque también podrían incluirse elementos de las exhibiciones temporales.

Actualmente, el museo alberga una exposición sobre diversidad sexual, cuyo objetivo es combatir los estereotipos sobre las diferentes preferencias de las personas en este tema. Recientemente, el museo fue anfitrión de una muestra sobre migración y refugiados, una temática en la que, en opinión de Sharon Zaga, México tiene severos pendientes.

“En México tenemos una crisis porque no se garantizan los derechos de los migrantes en tránsito; somos incongruentes, porque [también los mexicanos] violamos los derechos de quienes buscan llegar a Estados Unidos atravesando la frontera sur”.

El Instituto Nacional de Migración registra, cada año, unos 150,000 migrantes centroamericanos en tránsito irregular a través de México, quienes son detectados por autoridades migratorias, tanto de México como de Estados Unidos.

“Lo fundamental, cuando hablamos de una tarea de difusión, es que los esfuerzos no se queden sólo en palabras o imágenes; [es necesario] que logremos que el impacto de la información se transforme en acciones. [Donald] Trump revirtió un decreto que separaba a niños migrantes de sus padres, y lo hizo por la presión social, porque mucha gente manifestó su disgusto. Es importante entender que [en esta lucha] ninguna acción es pequeña”, concluye Zaga.
Fuente: forbes.mx
Fotografía: forbes.mx