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La salud mental en el mundo de la pandemia

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Ilustración: Kathia Recio

La salud mental no recibe la misma atención que la salud física, a pesar de ser tan importante como ésta e incluso tener el poder de determinarla. En el contexto de la pandemia por covid-19, la salud mental de millones de personas se ha deteriorado. Urge que los gobiernos hagan de la atención psicológica una prioridad.

Los problemas de salud mental no son contagiosos, pero sí afectan a una buena parte de la población. La sensación de desesperanza que generan puede llegar a imposibilitar a quienes los padecen de ser miembros activos y productivos de la sociedad. En todo el mundo, la depresión es la primera causa de discapacidad. Si bien en México hoy afecta principalmente a las mujeres, se proyecta que para este año sea la primera causa de discapacidad para toda la población.1

En los peores casos, el sufrimiento emocional incluso lleva a la muerte. En 2019 se registraron en el mundo aproximadamente 800 mil muertes por suicidio, es decir, una tasa de suicidio anual de 11.4 por 100 mil habitantes.2 Según el último reporte de suicidios del INEGI, en el año 2017 México registró 5.2 muertes por suicidio por cada 100 mil habitantes, siendo ésta la cuarta causa de muerte en hombres y la quinta en mujeres en todos los grupos de edad, y la segunda si se limita al rango de edad “productivo”.3 Además de la discapacidad y la muerte, la enfermedad mental tiene un costo económico que se seguirá elevando las próximas décadas. Se estima que la depresión en México cuesta aproximadamente 14 billones de dólares por año debido al  ausentismo y las horas perdidas dentro del trabajo.4

Si a esta situación añadimos la enfermedad por covid-19 y su dimensión psicológica, el problema de salud mental que se avecina será muy grave. En el ámbito de la salud física y la economía, las secuelas que de esta pandemia parecen no tener precedentes. Pero, ¿qué hay de las consecuencias de la pandemia en la salud mental?

Una situación de incertidumbre como la actual, con un bombardeo de noticias constante que nos hace cuestionarnos cosas nuevas todos los días —empezando por el riesgo que corre nuestra vida— promueve la angustia y la paranoia, lo que tiene un impacto muy negativo en nuestro bienestar individual y colectivo. La amenaza a la salud, economía y estabilidad para muchos ha derivado en ansiedad y depresión. Los problemas de sueño o alimentación están por doquier. Hay quienes han enfrentado muertes en este contexto y por lo tanto suman el duelo al miedo. Incluso aquellos que hasta ahora han disfrutado de la cuarentena y la han vivido como una oportunidad para pasar tiempo con su familia o para retomar viejos proyectos, eventualmente tendrán que lidiar con la pérdida que signifique volver a “la normalidad”.  Pese a la urgencia de la cuestión y la impresión generalizada de que esta pandemia nos está afectando a todos anímicamente, en México no hay planes para lidiar con las consecuencias del covid-19 en la salud mental de la población.

Parte de la razón por la cual se menosprecia la salud mental en la conversación pública en general radica en que no tenemos suficiente conocimiento sobre el sufrimiento emocional. Cuando éste aparece, tendemos a normalizarlo. Suponemos que no dormir bien, sentirnos infelices o ser incapaces de lidiar con nuestras relaciones interpersonales es parte de la vida, cuando lo cierto es que estas situaciones son tan disruptivas que generan impedimentos enormes a nivel personal, social y laboral. Las experiencias emocionales negativas pueden afectar la forma en la que pensamos, sentimos y nos comportamos. Cuando las personas experimentamos emociones intensas que nos sobrepasan es natural que busquemos maneras de mitigarlas utilizando estrategias que podrían resultar contraproducentes. Si las negamos, por ejemplo, pueden aparecer en actos perjudiciales para nuestra salud como fumar, tomar y comer en exceso. En esta experiencia de aislamiento social, son varios los factores de riesgo que en conjunto pueden potenciar nuestras emociones negativas, a lo que se suma no poder acceder a ayuda tan fácil y directamente.

Por otro lado, tendemos a desvincular la salud mental de la salud física, ignorado que el estrés, los altos niveles de ansiedad y la depresión tienen consecuencias en nuestro organismo. Cuando experimentamos sensaciones de miedo intenso, se activa la respuesta de “ataque-huída”, un mecanismo automático ante la percepción de daño que lleva al sistema nervioso a producir una secreción de catecolaminas (neurotransmisores asociados al estrés).5 Este mecanismo es de mucha ayuda en el corto plazo, cuando nos enfrentamos a lo que nos amenaza, pero cuando se activa de manera periódica como sucede cuando alguien tiene ansiedad, produce pensamientos catastróficos constantes que resquebrajan nuestra salud física. Esto incluso modifica nuestro cerebro, como han mostrado estudios preclínicos en los que el estrés se asocia con cambios en la estructura del hipocampo, un área cerebral que juega un rol crítico en la memoria. Estudios de neuroimagen y estrés postraumático, por ejemplo, han encontrado un menor volumen en el hipocampo de pacientes diagnosticados con este trastorno después de haber sido víctimas de la guerra y abuso en la infancia, además de déficits en su memoria medidos a través de pruebas neuropsicológicas.6

La relación entre el dolor físico y emocional también se manifiesta en el cerebro. Naomi Eisenberger, Directora del Laboratorio de Neurociencia Social y Afectiva en UCLA, se cuestionó por qué en diferentes culturas se usan metáforas físicas para describir el dolor emocional, por ejemplo, “tener el corazón roto”. Para conocer qué áreas se activaban ante el dolor emocional, la investigadora utilizó la resonancia magnética funcional a la par del paradigma de cyberball —un juego de pelota en el que se le indica al participante que jugará con otras dos personas y tras un tiempo determinado se le excluye con la intención de provocarle “dolor social” y estudiar sus reacciones—. Lo que encontró fue que en este periodo de exclusión se activan las mismas áreas cerebrales que se involucran en el procesamiento del dolor físico: la corteza anterior cingulada dorsal y la ínsula anterior.7 Otro experimento, en el que mostró a los participantes imágenes con gestos de desaprobación, dio los mismos resultados, probando las manifestaciones cerebrales del dolor emocional.8

Este conocimiento, sin embargo, no ha repercutido en las formas en que las sociedades, occidentales, por lo menos, lidiamos con el sufrimiento emocional.  Existe una tendencia de invalidación de las emociones ajenas, de manifiesto en frases como “ya supéralo” “no te claves”, “olvídalo” que ignoran las consecuencias que puede tener la enfermedad mental. Decirle a alguien con covid-19 que “lo supere” o llamarlo débil porque no se puede auto-curar sería impensable; la salud mental necesita de un acercamiento similar. Si hay algo que podemos hacer cuando nuestros seres queridos nos hablan de su sufrimiento es escuchar, no minimizar el problema, validar sus emociones, tener curiosidad sobre lo que nos platican. Ser compasivos, empáticos y procurar los apoyos profesionales son los pasos a seguir con alguien que se enfrenta al dolor emocional.

Algunos gobiernos se empiezan a preocupar por las consecuencias de los problemas de salud mental entre sus poblaciones. El británico es quizás el mejor ejemplo de políticas activas de atención a la salud mental desde hace años, incluso solicitando a miembros de la familia real —sobre todo los duques de Cambridge, Kate y William— que funjan como embajadores y visibilicen la problemática. Además, se destina una buena cantidad presupuestal a investigaciones en diferentes universidades, así como a campañas para informar a la población sobre sus emociones y la importancia de atender su salud mental. Diversas instituciones dedicadas a esto generan programas escolares e institucionales, por ejemplo, la Mental Health Foundation, Anna Freud Centre for Children and Families o Place2be. Estas acciones se han intensificado con la pandemia.

Desafortunadamente, en nuestro país el tema avanza mucho más lento. Si bien se presta atención a algunos institutos que atienden trastornos psiquiátricos, las políticas en general no están destinadas a la población que podría tener problemas más comunes de salud mental, que no necesariamente estén diagnosticadas, padezcan silenciosamente o nunca se hayan cuestionado siquiera si pudieran tener algún malestar psicológico. Si les diéramos a la misma importancia a los problemas de salud mental que la que le damos a los problemas de salud física podríamos reducir los estigmas que siguen determinando al sufrimiento emocional y promover que las personas en necesidad acudan a tratamiento, alcancen su máximo potencial y accedan a la posibilidad de ser felices. En este nuevo mundo que la pandemia nos está obligando a crear, la salud mental debe ser una prioridad.

Carla Márquez Muñoz
Doctora en Psicología (Neurociencias de la Conducta) por la UNAM, Maestra en Psicología del Desarrollo desde perspectiva neurocientífica y psicoanalítica por University College London, Yale University y Anna Freud Centre. Investigadora en parentalidad, desarrollo, apego, neurociencias y autismo


1 Ver: OMS, “Depression and other common mental disorders, Global Health Estimates”,  2017;  OMS, “Who/The global burden of disease 2004 update”, 2008;
Global Burden of Disease, “Disease and Injury Incidence and Prevalence.  Global, regional, and national incidence, prevalence, and years lived with disability for 310 diseases and injuries, 1990–2015: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study”, The Lancet, 388, 2015;  Berenzon et al., “Depresión: estado del conocimiento y la necesidad de políticas públicas y planes de acción en México”, Salud Pública de México, 55 (1), 2013; Ferrari et al., “Global variation in the prevalence and incidence of major depressive disorder: a systematic review of the epidemiological literature”, Psychological Medicine, 43, 2013.

2 OMS, Prevención del Suicidio, Un Imperativo Global, 2014.

3 Borges et al., “Índice de riesgo para el intento suicida en México”, Salud Pública de México, 54(6), 2012.

4 Evans-Lacko, S. y M. Knapp, “Costs of depression in the workplace”, Mental Health Matters, 3 (6), 2016.

5 Cannon, W., Wisdom of the Body, W.W Norton & Company, 1932.

6 Carrion, V, et al.,  “Stress Predicts Brain Changes in Children: A Pilot Longitudinal Study on Youth Stress, Posttraumatic Stress Disorder, and the Hippocampus”, Official Journal of the American Academy of Pediatrics, 2007.

7 Eisenberger, N.I., “Broken hearts and broken bones: A neural perspective on the similarities between social and physical pain”, Current Directions in Psychological Science, 21, 2012.

8 Eisenberger, N. I., “ The neural bases of social pain: Evidence for shared representations with physical pain”,  Psychosomatic Medicine, 74, 2012.

Fuente: discapacidades.nexos.com.mx/?p=1642
Por:
Carla Márquez Muñoz