Si bien es cierto que estar soltera es una situación que se da por muchas cuestiones, y cada vez hay más personas que entienden que no hay nada de malo en eso, aún hay muchos grupos en la sociedad que creen que una mujer soltera está en esa situación porque no le queda de otra. Nada más erróneo.

Incluso, hay solteras que se compran la idea de que es malo, que algo con ellas está mal y que si no consiguen una pareja no serán felices. Por ello, para ella y para toda mujer, la autora Caro Saracho, escribió ‘Mesa para Una’, una libro que examina todas las situaciones, mitos y realidades de estar soltera.

El libro se compone de anécdotas divertidas, retos que empoderan y situaciones donde los encuentros y desencuentros amorosos son básicos para construir una actitud a prueba de decepciones.

A continuación, compartimos, en exclusiva, un capítulo del texto:

Capítulo 2

El mundo cree que lo que tienes es gripa

Cuando los que te rodean creen que tu soltería es una enfermedad

Soltera: (según el diccionario mundial) mujer que necesita ayuda para erradicar esa terrible enfermedad que la hace vivir devastada por no haber encontrado a su príncipe azul.

De esa idea que tiene el mundo sobre la soltería se deriva la siguiente necesidad: corregirla. Y asumir que tú, pobrecita soltera en desgracia, necesitas ayuda para lograrlo. Para los que nos rodean es obvio que si tienes 25, 31 o 47 años y estás soltera, es por tu inhabilidad para conseguir pareja, pero ¡suertuda tú!, tienes montones de amigos que están ahí para encontrarla por ti. O por lo menos para ayudarte a entender lo que está mal contigo, que puedas corregirlo y así encontrar pareja. Y por fin vivir feliz.

Por alguna razón extraña los humanos sentimos la necesidad de arreglar la vida ajena cuando es diferente a la nuestra, desde invasiones de Estados Unidos hasta asumir que la soltería es como una enfermedad de la que el soltero en cuestión necesita librarse. Y todos estamos listos y bien dispuestos a ofrecer desde diagnósticos hasta remedios, cual si fuera gripa. No me dejarán mentir: cuando alguien en la oficina dice: “Me estoy resfriando”, todos los que estamos a su alrededor ofrecemos un remedio bienintencionado y una explicación (pocas veces pedida) a su enfermedad:

Es que hoy llegaste con el cabello mojado, tómate un tecito para que entres en calor.

Debe ser que te falta vitamina C, no has comido muy bien últimamente, deberías ir por un juguito de naranja.

Pídeles que apaguen el aire acondicionado porque te pega directo.

Todos lo hacemos, parece un ritual social obligado. Alguien comenta un síntoma y todos diagnosticamos y recetamos.

Igualito pasa con la soltería ajena. Siempre que sale al tema que fulanita sigue soltera o que ya volvió a ser soltera (con especial atención al sigue con toda su hermosa connotación negativa), los humanos nos sentimos impulsados a buscar las causas y a hacer sugerencias para arreglarlo, sea cual sea su situación, no importa, el caso es que “ser soltera” es lo mismo que decir “tengo gripa”, una condición que nadie quisisera tener y a la que todos podemos aportar ideas para solucionar.

En mis años de soltería he escuchado todo tipo de explicaciones, algunas más coherentes que otras, unas muy graciosas, otras que me hacen perder la fe en la humanidad, pero todas basadas en la idea de que hay algo mal conmigo (o con la persona de la que estemos hablando, porque luego una se encuentra a sí misma explicando también la soltería ajena) y que, si lo cambiara, podría encontrar a la persona con la cual compartir mi vida, para felicidad de todos los demás.

Algunas explicaciones (no pedidas) a la soltería ajena son:

Es que eres muy exigente, no te gusta nada.

Es que no sabes lo que quieres.

Es que no estás lista para una relación seria.

Es que le tienes miedo al compromiso.

Es que te gustan puros patanes.

Es que eres demasiado independiente.

Es que proyectas mucha seguridad, los espantas.

Es que mandas las señales equivocadas.

Es que eres feminista (les digo, la fe en la humanidad).

Es que tienes muchísimos amigos, a los hombres no les gusta competir.

Es que hablas del sexo como si fueras hombre.

Es que te va bien en el trabajo, los intimidas.

Es que eres malhablada.

Es que no eres muy femenina.

Es que no te das a desear, se las pones fácil.

Es que eres workaholic.

Es que eres muy inteligente.

Es que eres muy intensa.

Es que eres muy mandona.

Es que tienes una personalidad muy fuerte.

Es que ya estás muy grande (perdiendo más y más la fe).

Es que te gusta salir mucho.

Es que eres muy idealista.

Es que no convives mucho con la gente.

Es que eres demasiado perfeccionista.

Es que tu estilo de vida asusta a los hombres.

Es que ya te acostumbraste a estar sola.

Y mi favorita, la única que me convence cada que me la dicen:

Eres soltera porque quieres.

Efectivamente, señoras y señores, somos solteras porque queremos serlo, porque como les dije en la introducción a este bello libro, no nos ha dado la gana cambiar lo que somos para ajustarnos a las expectativas de otros, y con suerte (si consigo que nos unamos todas en esta causa), nunca nos darán ganas de hacerlo.

¡Pero la sociedad no nos la pone nada fácil! Cada vez que una soltera escucha una de estas frases, lo que lee entre líneas es: Es que no eres lo suficientemente buena para que alguien te quiera, y por eso estás sola.

¡SOLAAAAAAAA!

Aunque no nos demos cuenta, esto disfraza esa discriminación velada de la que hablábamos al principio. Cada explicación parte de la idea de que somos defectuosas, por lo que no conseguimos ese estado emparejado que nos dejaría de parecer enfermas e incompletas. Lo mismo pasa cuando nos hacen estas preguntas:

¿Por qué no te has casado?

Acompañado con una cara de espanto y cejas de asombro, esto se entiende como: ¿qué está mal contigo que nadie se ha atrevido a formalizar?

¿Y qué vas a hacer cuando seas viejita?

¡Exactamente lo mismo que todos los demás cuando envejezcan! Si por alguna razón la soltería se elige para toda la vida no quiere decir que la persona en cuestión vaya a ser infeliz después de los 40 años o vaya a vivir una vida lúgubre y triste cuando pase los 60. Una persona soltera se las ingeniará para disfrutar la vida a cualquier edad, para tener amigas que la acompañen al médico cuando haga falta o para consentir sobrinos ajenos que la inviten a comer cada domingo. De lunes a sábado disfrutará su soltería tal como lo ha hecho cada día de su vida.

¿Eres lesbiana?

Esta pregunta queda escondida en los ojos de mis tías cada vez que me preguntan si ya tengo novio. Algunas personas te preguntan con cautela: “¿sí te gustan los hombres o por qué sigues soltera?” Y entonces cualquier mujer soltera, heterosexual o lesbiana, se quiere jalar los pelos. Lo escribiré aquí porque creo que muchas personas tienen que leerlo, aunque si compraste este libro lo sabes de sobra: la soltería no tiene nada que ver con tu preferencia sexual, y si tus tías no te creen, yo tengo muchas amigas gays que son solteras y para las que también escribí este libro, porque la presión por encontrar pareja nos afecta a todas, bugas o no.

Tus exnovios ya se están casando, ¿qué sientes?

Cuando alguien te hace esta pregunta, lo que en realidad quiere decirte es que tu ex ya triunfó (porque, obvio, el altar es la meta) y tú pues no.

Pero, ¿qué pasó?

Esta pregunta por lo general llega después de un: “¿y Juanito?” A lo que la soltera interrogada responde: “Cortamos hace dos años”. El “¿pero qué pasó?” esconde un juicio de yo ya te hacía casada y con dos hijos. En apariencia el resto de las personas no entiende el hecho de que las relaciones se terminan, que aunque tengas 29, 30 o 35 años; haber tenido una relación de uno, dos o tres años, incluso dos meses, no significa que tuviera que culminar en boda.

Todas estas preguntas, vengan de quien vengan, nos ponen a la defensiva con justa razón, porque la persona (imprudente o genuinamente preocupada) está emitiendo un juicio de valor sobre nuestras decisiones.

No es lo mismo estar en un café con tus amigas y platicar sobre relaciones fallidas, exnovios pendejos y amores futuros, en donde cabrían cuestionamientos como: “¿Y tú quisieras enamorarte otra vez?”, “¿Qué se siente tener que lavar los calzones de tu marido?” (Preguntas genuinas que las solteras nos hacemos, no crean, a nosotros también nos impacta su estilo de vida), que tener que vivir a la defensiva, buscando justificar nuestra soltería frente a todo el mundo.

Por lo general, ser soltera es cuestión de elección, de prioridades (algunas veces la carrera sí pesa) y de caminos en la vida. De elección, porque yo apuesto que cualquiera podría tener marido si estuviera dispuesta a conformarse. De prioridades, porque justamente la calidad de vida está por encima de la conformidad. Y de caminos, porque muchas mujeres solteras no hemos encontrado al tipo indicado para compartir nuestras vidas, aún. Espero que todas las mujeres que tienen pareja estén con la persona perfecta para ellas, que la hayan elegido y hayan sido elegidas, y que juntos construyan una vida increíble. Para las solteras eso no ha pasado todavía, o ya pasó y se terminó, o ya pasó y decidimos movernos.

Para nosotras, las solteras, estas decisiones no han sido fáciles. Llevamos toda la vida intentando desechar la idea de que algo está mal con nosotras. Cada vez que terminamos con un novio nos preguntamos si hemos tomado la decisión correcta o si ése era el último tren, y tenemos que recordarnos que conformarse no es opción.

La primera de mis amigas en devolver un anillo fue la que todas jurábamos que se casaría primero. La historia hubiera sido así, si ella hubiera decidido conformarse. Tenía al novio perfecto (en papel) y la historia más romántica con un futuro súper prometedor, pero el tipo pretendía cambiar cada aspecto de su esencia, y aunque ella lo permitió al principio, cuando comprendió que eso era lo que le esperaba para el resto de su vida dijo: “No, muchas gracias, aquí está tu anillo y ahí nos vemos.” Seis años después encontró a un hombre que ama cada aspecto de su esencia y se lo celebra todos los días.

Mi amiga de Ciudad Juárez, por la que fui a Expo tu Boda en aquella ocasión, se casó a los 27, muy segura de que había encontrado al amor de su vida y que pasaría el resto de sus días con él. Tres años después se dio cuenta de que tenían diferencias irreconciliables y decidió terminar su matrimonio antes que ser infeliz para siempre. Y aunque, obvio, le pesaba la idea de ser divorciada a los 30 años, le dolía más imaginarse toda una vida siendo infeliz.

No es fácil, la presión es demasiada, y las preguntas imprudentes y los ojos de lástima no ayudan, pero cada día que pasamos fuera de la zona de confort es una batalla ganada. Si estás leyendo este libro es porque seguramente te sientes orgullosa de ser muy inteligente, independiente, libre y exigente, y estás convencida de que no estarás con alguien que se “espante, asuste e intimide” con estas cualidades. Hasta que la persona que pregunta es tu madre.
Fuente: actitudfem.com
Fotografía: actitudfem.com