ay una calle en la capital del país, que deslumbra por su armonía geográfica, y esa calle rodea uno de los jardines más privilegiados del otrora Distrito Federal.

Se trata de la avenida México, que rodea al Parque México, en la ciudad de México, México.

Es un punto de encuentro con las emociones.

Diríase mágico. Regresar a sus aromas de humedad, boscoso más que nunca, y desaparecer por el sendero que llevaba a una zona imposible de patinar, la que, no obstante, era el reto de aquellos aspirantes a ases de las cuatro ruedas.

Salir a toda velocidad en curva desde la zona del Lago, dejar atrás la última visión de los patos, sortearla sin dejar de deslizarse y entrar a la izquierda, cortando esa vuelta para salir directo a la zona imposible: tres escalones de piedra y varios metros más de irregular terreno.

Internarse desde Chilpancingo, ingresar a su primera parte; toparse con la escultura de Albert Einstein, donada por la comunidad judía.

Y el olor a frescura.

Recorrerlo en bicicleta con Elliot y Darío, jugar beisbol con ellos, más Jay y el Julián; patinar por las noches con Mauricio. O ya vuela el balón de americano de las manos del Güero al Rontontóin. Cae de bruces una tarde Alejandro pues Aldo Flores le perseguía para que todos le cayeramos a patadas: no calculó el salto de la cadena frente a la monumental mujer desnuda con sus cántaros de agua. Hoy se venden juguetes para los niños y coloridos frascos, fábricas de pompas de jabón. Y en aquellas bancas lecciones de manualidades cada fin de semana…

No. No hay ya la andanada de perros, hacia la fuente más cercana a avenida Sonora. Su hábitat se ha reducido y, al menos por hoy, se extrañan las corretizas que entre afganos o labradores solían perturbar a quien por ahí se atreviese a transitar. La mirada siempre cruel de un doberman en su sano juicio lo hace una aventura de alto riesgo.

Durante más de un año, allá en 1997, el parque perteneció a la Bashra, antes de que Kubrick se volviera loco en sus senderos. Apenas bajar de la humareda en el auto era correr por sus jardines. Qué manera de gozar.

Parte del paseo era en medio del foro Lindbergh, otrora recinto de columpios y resbaladillas, y siempre enorme cancha de futbol: la Bashra cruzaba en busca de su pelota una y otra y otra y otra vez, incansable como una labrador.

Fuente: Excelsior
Fotografía: excelsior.com