Una compañera de oficio y vicio me habló de una botella de vino. Durante horas, me habló, específicamente, de una botella de vino. La verdad, años atrás, pensaba que no se podía hablar más de cinco minutos de un vino y todo lo que se podía decir parecía discurso de futbolista (redundante y peculiarmente cantinflesco). Pero cuando vi el reloj, ella llevaba ya muchos minutos hablando del mismo vino y cada idea era más atinada que la anterior.

En la primera hora, había citado un par de veces a Bachelard, “porque la ensoñación del vino es fundamental para entenderlo. Es su columna vertebral”. En la segunda, había utilizado a Barthes para convencerme de mirar el vino como un ‘tótem’. Y a la tercera hora, soltó el refranero popular de Herón Pérez Martínez para encontrar aquello de “si vives entre amor y vino, no te quejes de tu destino”, y comenzar a detallar lo posible y lo imposible en torno a esa botella con la que inició el monólogo: Casa Madero chenin blanc de 2012.

El orden del relato no lo recuerdo. Hablaba de que alguna vez lo probó. O de que alguien lo probó y le habló de él. O de que su abuelo trabajó en los viñedos de Parras durante el exilio por la dictadura… es verdad, inició hablando de Parras, Coahuila.

Lo pintó como “el valle”. Repitió mil veces que, de ir a un viñedo en México, hay que ir a Parras y no a Guadalupe. Habló de sus madrugadas. De los matices del verde por aquí y por allá. De lo floral de su aire. “Son 150 kilómetros desde Torreón y al llegar parece que viajaste tres mundos y dos continentes y no exagero”, sentenció (o así lo recuerdo). Encaminada en su visión de Parras, y ya a esas alturas con una caja de cartón de Gato Blanco en la mano, empezó su relato sobre monjes jesuitas que llegaron a finales del siglo XVI hasta lo que antes era conocido como el Valle de los Patos y, ante la necesidad, decidieron pedir tierras y permisos para cultivar sus propios viñedos.

De ahí, la creación de la Misión de Santa María de las Parras y la posterior fundación de la Hacienda San Lorenzo, donde, en 1597, nace Casa Madero, el viñedo más antiguo de América… supongo que ahí quería llegar: “420 años de historia y la mejor botella que han fabricado es el chenin del 2012”. La verdad es que, en algún momento, pensé que terminaría por venderme una botella, por suscribirme a un club de ‘amigos del vino’ o por negociar un viaje a Coahuila en el que yo pagaba y ella mostraba. Pero, simplemente, quería hablar de una botella de vino. Ella conocía santo y seña de cada uno de los 134 catadores (incluyendo el mexicano René Rentería) que votaron por ese chenin en la Vinalies Internationales de 2013, nombrándola la mejor botella de vino blanco del mundo, colgándole la medalla de oro luego de vencer a 43 países, tras cinco días de cata en París.

En su resumen, el chenin ganó porque todo se conjuntó en Parras (usó una extraña versión de la teoría de Bruce Willis en Duro de matar, de estar en el momento correcto y en el lugar indicado). La tierra y el clima. Las noches y sus días. Las manos y los pies… la sazón, sobre todo, sazón. Han pasado varios años de esa plática en la que una chilena le hablaba bien a un mexicano de sus propios vinos y, por la ventana, compruebo que los matices de verde realmente son interminables. Esa hora y media entre el aeropuerto Francisco Sarabia y el Valle de Parras han servido para comprobarlo. También, al abrir la ventana, ha entrado el aroma floral. Huele a manzanilla, pero, para el taxista, parece una invención de mi nariz. Le pregunto por la historia del valle y, en líneas generales, me habla de monjes y jesuitas y de cómo les gustaba el vino y así formaron la ciudad. Al fondo, a unos 500 metros, aparece Casa Madero.

El camino es entre viñedos y es inevitable pensar que una de esas tantas uvas blancas que lo adornan es una chenin blanc y, por fin, la voy a conocer (también es inevitable no pensar en la mujer que hablaba de esa uva). Basta pagar un boleto para estar tan cerca de darle vida a la historia. Comienza en una pantalla el relato de monjes jesuitas. Luego, un guía que habla de sus grandes premios. De su orgullo como el viñedo más antiguo. De sus cosechas de madrugada y del olor a manzanilla del aire. Y, sí, de la botella que más orgullo le ha dado a la casa, la mentada chenin blanc de 2012. “¿Alguna pregunta?, lanza el guía. “Sí”, y alzo la mano: “¿Cuándo la podemos probar?”. Suspira y sonríe: “Disculpe, pero no está en existencia».

Fuente: Life&Style
Fotografía: prodigy.msn.com