Rítmicamente sacudo los dados, mis ojos observan, mis labios ríen y mi corazón palpita ante la emoción de esta apuesta. Son abandonados agresivamente por mis manos, como si quemaran, ruedan rápidamente y rebotan en el límite de la mesa para mostrar finalmente su decisión –mas no la mía- de la posición en la que descansan por unos segundos. Gritos, risas, fichas que premian y castigan.

Las dos de la mañana, escotes que sirven tragos ilimitados, música, alegría, colores, luces y mucha desesperación. La única apuesta segura es retirarse, pero a Las Vegas no se viene a ganar dinero, se viene a explotar de emoción una y otra vez.

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