Óscar Alonso encuentra en la sencillez de sus dibujos los grandes temas de la humanidad.
Óscar Alonso entiende muy bien que para transmitir no hace falta sobre-explorar los límites de la línea: la sobriedad del trazo trasluce la esencia de las cosas que, a la manera de Saint-Exupéry, son invisibles a los ojos. Publicista de profesión y dibujante por gusto, sabe entremezclar las estrategias de síntesis en la mercadotecnia con aquellas necesarias para dar vida al color, a la luz, a un personaje que respira, interactúa y habla. Hay algo en sus viñetas —tan sencillas, tan poderosas— que logra trastocar fibras escondidas en el interior colectivo, que se reverberan hacia los comienzos mismos de la sensibilidad humana.

Quizás esta certeza de relevancia al sentimiento ajeno se haya gestado en la incertidumbre que siempre acompaña alcanzar un objetivo. Correr el Maratón de Tokio era una meta que se veía lejos, pero que se concretó tras un año de bajar de peso. 20 kilos que se disolvieron paso a paso, gramo a gramo, hasta alcanzar un número tangible que pusiera en equilibrio las necesidades del cuerpo. Entrenamientos en Bilbao, meses de un cuerpo que se amolda a una nueva manera de vivir, añoranza desde Europa por el país asiático, una meta que se esclarecía en un horizonte cada vez más palpable: 72 kilos, que como dice el autor, se convertirían en un sello.

Con el peso alcanzado, se subió a un avión con dirección a Tokio. Calma. Día de correr. Pistolazo de salida. Después, casi cuatro horas de maratón. Terminar con mil ideas en la cabeza, que se vinieron a vaciar a un cuadernito prometedor. Pensar las cosas. Condensarlas. Concretarlas. Al final: una viñeta por kilómetro. Después de eso, un hábito. Dibujar todos los días con su hijo, acompañado de una computadora, un bloc blanco, un lápiz y un sacapuntas. Más adelante, un escáner también para subir el contenido que se produjo durante el día a las redes sociales. Muy pronto, la cercanía sensible de las viñetas trajo miles de seguidores, un libro y una trayectoria con propuesta estética que respira con la sencillez del trazo.

Es interesante que la línea juega un papel fundamental para la condensación de cada obra. Que los personajes estén apenas delineados les confiere un carácter de universalidad que se valida con las mínimas líneas de texto que los acompañan. El trabajo de 72kilos —porque sí, el sello de la carrera se convirtió eventualmente en un pseudónimo, en una firma— se caracteriza en jugar con esa doble función de la línea: desde la trayectoria que se sigue con el lápiz, hasta aquella que obedece al flujo de las palabras. Sus viñetas, entonces, son líneas de texto, pero también líneas de expresión a través del trazo que apelan a las inquietudes fundamentales y compartidas por los seres humanos: la cercanía, el olvido, la vitalidad y los suspiros desmembrados que acaban muchas veces en llanto.

Si bien es cierto que un tema recurrente en el trabajo de 72kilos será siempre correr, lo cierto es que ha expandido sus miras hacia una gama más nutrida, más amplia. El color también participa en la dialéctica contenida en ese marco horizontal, que extralimita el papel: es un diálogo de un ser humano a otro, sin pretensiones de superioridad ni academicismos innecesarios. Es un trabajo de un sentir humano desarrollado en pocas líneas. Pocas, pero suficientes y efectivas, que hablan del llegar, de cómo extrañar, de cómo mirar con ojos más despejados el entorno que se explaya más allá de las pantallas que nos pegamos a la nariz. Algunas carreras después, sigue dibujando.

Fuente: culturacolectiva.comn
Fotografía: culturacolectiva.com