El eficiente: no importa el día ni la hora, este colaborador logra hacer todo lo que le propongan a tiempo y de manera óptima. Su trabajo es extraordinario. La clave suele ser su capacidad de concentración.

El workaholic: tiene sincronizado su correo laboral con el celular, lo puedes llamar a cualquier hora, cualquier día y siempre estará disponible. Después de las jornadas laborales, incluso los fines de semana, envía mensajes sobre asuntos laborales.
El sociable: a todos le cae bien. Conoce a colaboradores de toda la empresa y siempre lo invitan a todas las celebraciones.
El desordenado: es eficiente y productivo, pero su falta de organización y planificación lo terminan agobiando. Es usual que se le olviden reuniones o agende dos a la misma hora.
El fantasma: cada vez que lo necesitas, él no se encuentra en su puesto.
El líder: sabe cómo unir al equipo. Es aquel que lidera y motiva al grupo. Se muestra optimista y posee una gran capacidad de persuasión.
El que simula ser eficiente: en general tiene dos monitores y 15 ventanas abiertas, y parece que no le bastan. Cuando le dan una nueva tarea, puede demorarse hasta 5 veces más de lo previsto, sin embargo siempre tiene excusas.

El resentido: no importa lo que haga la empresa, nunca valorará nada. Nunca emite buenos comentarios y cree que cualquier otra empresa es mucho mejor. Es común verlo molesto y hacer las cosas de mala gana. Incita a otros a quejarse y aumentar el descontento.

El escolar: necesita que estén encima de él supervisándolo y dándole nuevas tareas, de lo contrario no es capaz de actuar. Es necesario estar llamándole la atención para que termine sus responsabilidades.

El historiador: siempre tiene excusas para todo. Acostumbra a inventar historias para justificar su falta de responsabilidad ante el cumplimiento de sus compromisos, tiene muchas ‘historias’ para llegar tarde casi siempre.

Fuente: DineroEnImagen
Fotografía: prodigy.msn.com