La resistencia a los antibióticos ya existía mucho antes de que comenzáramos a usarlos con una frecuencia y entusiasmo que roza la adicción.

Los mismos genes que las bacterias modernas están portando hoy día para protegerse contra estas medicinas se han encontrado en antiguas bacterias congeladas en el suelo del ártico durante más de 30.000 años.

Esos genes no les aportaban grandes ventajas a nuestros ancestros cazadores de mamuts.

Pero, desde que comenzamos a usar antibióticos para tratar cada una de nuestras amenazas patógenas (reales o imaginarias), creamos las condiciones perfectas para hacer que los genes resistentes fueran algo de lo más atractivo para cada una de esas bacterias.

Incluso el padre de los antibióticos, Alexander Fleming (quien descubrió la penicilina) advirtió sobre los riesgos de propagar la resistencia en 1946, argumentando que la demanda pública haría que se usaran de forma excesiva, hasta que las bacterias desarrollaran mejores defensas.

“La persona inconsciente que juegue con el tratamiento de la penicilina es moralmente responsable de la muerte del hombre que finalmente sucumba a la infección con el organismo resistente a la penicilina”, les dijo a los lectores del New York Times.

“Espero que el mal pueda ser evitado”.

¿Qué tan grave es realmente la situación?

¿Recuerdan la tuberculosis? Probablemente no; el encuentro más cercano con esta horrible infección que tuvimos la mayoría de nosotros fue cuando observamos la elegante muerte de Satine (interpretada por Nicole Kidman) en la película “Moulin Rouge”.

Gracias a los antibióticos isoniazida y rifampicina, la bacteria Mycobacterium tuberculosis ha desaparecido en gran parte de los países occidentales ricos (aunque nunca lo hizo del resto del mundo).

Pero ahora ha vuelto. Y es peor que nunca.

Estamos viendo un alarmante aumento de casos de tuberculosis resistente tanto a la soniazida y como a la rifampicina en partes del mundo como Papúa Nueva Guinea, India, China y Rusia.

La tuberculosis resistente a múltiples fármacos ha sido apodada como “Ébola con alas”.

Se transmite fácilmente a través de la tos o de los estornudos, y las oportunidades de sobrevivir a ella —incluso con el mejor tratamiento médico— son de alrededor del 50%.

Pero esa es apenas la punta del iceberg del problema de la resistencia a los antibióticos.

En Estados Unidos, cada año al menos dos millones de personas adquieren una infección bacterial resistente a los antibióticos. Y más de 20.000 de ellas mueren a causa de esas infecciones.

En los hospitales se están observando bacterias como la Escherichia coli —causa habitual de gastroenteritis— y la Pseudomonas aeruginosa —una causa de septicemia y otras posibles enfermedades fatales y desagradables— las cuales son resistentes a los carbapenemas, una de nuestras últimas líneas defensivas de antibióticos.

¿Aún no les preocupa? Aquí va otro dato: buena parte de las infecciones de transmisión sexual son causadas por bacterias. Por ejemplo, la sífilis la gonorrea o la clamidia.

Ya estamos teniendo problemas para tratar la gonorrea por la resistencia a los antibióticos. ¿Imaginan si no tuviéramos nada con que tratarla?

¿Y no podemos inventar más antibióticos?

Esa parece la respuesta más sencilla a este problema pero, por desgracia, no lo es.

El desarrollo de nuevos medicamentos antibióticos lleva años agotándose, a medida que la industria farmacéutica se interesa por mercados más lucrativos, como el cáncer o las enfermedades del corazón.

Un ciclo de tratamiento a base de antibióticos podría oscilar en torno a los US$1.000, pero la quimioterapia para tratar el cáncer puede generar decenas de miles de dólares.

Y una persona que tome un medicamento diario para reducir sus niveles de colesterol puede hacerlo durante una o dos décadas.

Según la Asociación Estadounidense para el Estudio de las Enfermedades Infecciosas (IDSA, por sus siglas en inglés), cada uno de los antibióticos que usamos hoy en día deriva de un antibiótico que fue desarrollado antes de 1984.

Los antibióticos también suponen un reto científico, regulatorio y económico particularmente complejo para las compañías farmacéuticas. Así que no es de extrañar que estén abandonando este sector de forma masiva.

¿Cuáles son las soluciones?

La más importante es dejar de usar antibióticos excepto para lo más esencial.

Llevamos tiempo usando sin sentido esta poción mágica, y ahora estamos revisando alguna de las creencias populares más arraigadas.

Por ejemplo, las infecciones de oído y urinarias no siempre requieren de tratamiento antibiótico.

Y también se está cuestionando la idea de que siempre hay que completar el ciclo de los tratamientos antibióticos.

Pero no son sólo los médicos quienes tienen que cambiar sus prácticas: los pacientes deben darse cuenta de que los antibióticos no son una panacea para todas sus toses y estornudos.

El problema es que la mayoría de las infecciones respiratorias —como los resfriados y la gripe— son causadas por virus, y los antibióticos sólo matan bacterias.

También ha habido fuertes y repetidas advertencias para finalizar o, al menos, reducir el uso de antibióticos en la agricultura.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo un llamamiento para que buscaran alternativas como la inmunización o la mejora de la higiene y la bioseguridad para reducir el riesgo de infecciones en animales.

Y, al igual que en los humanos, los granjeros deberían proporcionarles antibióticos a los animales solamente en caso de enfermedad infecciosa bacteriana.

¿Hay alguna solución más radical?

La administración cuidadosa de antibióticos y el decir a la gente que se “aguante” cuando están enfermos no es muy atractivo; por eso los científicos también están tratado otras formas de superar el problema.

Los bacteriófagos son virus que matan bacterias. Su nombre significa, literalmente, “comedores de bacterias”.

Aunque en realidad no se las comen, sino que las utilizan como un huésped en el que pueden reproducirse y propagarse a otras bacterias.

Fueron descubiertos en 1915 y ya se usaron durante la Segunda Guerra Mundial para combatir la gangrena. Ahora se están estudiando como una posible solución a la crisis de los antibióticos.

Investigadores de todo el mundo están trabajando en la selección de estos asesinos microscópicos para usarlos en humanos.

Y, por supuesto, siguen intentando encontrar nuevos antibióticos.

Pero esos nuevos antibióticos tienen la espada de Damocles sobre su cabeza; un día, también serán destronados y se quedarán en el camino, junto a todos sus predecesores.

Es una carrera armamentística que nunca ganaremos, pero que esperamos desesperadamente no perder.

Fuente: Excelsior
Fotografía: IPS